MeDaVergüenza

Todavía me da Vergüenza

Manual Ideal del Copado

Basado en hechos reales:

https://www.clarin.com/opinion/manual-ideal-mina-copada_0_H1OUiBa6-.html

 

Copado va a fiestas a besar copadas que no quieren besarlos. Copado cuenta cuántas copadas ha besado y cuántas piensa besar. Copado es chamuyero. Copado tiene minitas. Copado se pelea con la novia día por medio porque su relación es así. Copado quiere hacer turismo sexual en Bangkok. Copado insulta homosexuales y se empoma un trava cada tanto. Copado se la mide una vez por año. Copado da high fives.

Copado dice que son todos ladrones y no da factura. Copado paga coima. Copado va por la banquina. Copado dice que los bolitas nos roban el trabajo y viaja a Orlando para hacer un Work & Travel. Copado dice negro de alma. Copado dice que algo habrán hecho.

Copado usa anteojos oscuros donde no da el sol. Copado tiene un blog. Copado sabe bien quién es El Tirri. Copado dice que imita bien a Vicentico. Copado baila las canciones que te dicen cómo tenés que bailar. Copado leyó el libro de Leuco. #Copado le pone hashtag a #todo.

Copado deja a su equipo con 10 porque se la banca. Copado le da una paliza al que pasa caminando con la camiseta del rival.

Copado está orgulloso de saber el recorrido de los colectivos.

Copado maneja a los pedos, re en pedo y habla mucho al pedo.

Evite ser Copado. Copado es un pelotudo.

Volver (oda al francés)

¡Oh, francés!

Tú que en el país galo fuiste creado y luego desterrado.

Adoptado en el fin del mundo, donde el espacio y el agua abundaban,

donde los brazos – y más – supimos abrirte en señal de bienvenida.

¡Oh, francés!

Patas limpias, ojetes impolutos, bolas salpicadas, hemorroides calmadas, fantasías traseras despertadas.

Tú que aseas, sanas, relajas.

¡Oh, francés!

De loza o porcelana. A chorro horizontal cuando europeo, a chorro vertical cuando sudamericano.

¡Oh, francés!

Que bidet te han nombrado, que bidé te han llamado.

¡Oh, francés! Nostalgia de Buenos Aires.

Motivo para siempre querer volver.

Flatiron

Me paro en la Avenida 5 entre la 23 y la 24. Mirando al norte, está el edificio emblema, el que se llama como debe llamarse. Porque ahora les da vergüenza autodenominarse como imperio, ahora los nombran Freedom o One World. Pero mirando al norte está el posta, el que se la banca, el que se llama Empire State y le importa un carajo que seas del tercer mundo.

A mí me gusta el que ves cuando apuntás al sur, el Flatiron: lo que un ignorante arquitectónico como yo describiría como un triángulo gigante. La punta del triángulo tiene solo 2 metros de ancho y se eleva hasta 87 metros.

Esa esquina fue, desde que llegué a New York, mi favorita. Y escribo fue porque hoy ese lugar es rutina. Hace un año que trabajo en esa cuadra.
Siempre que me paraba en esa esquina, era un turista, un pasajero que miraba hacia arriba.
Hoy, en ese mismo lugar, soy un trabajador asalariado, un proletario publicitario que mira las baldosas.

El jueves 15 de diciembre teníamos la fiesta de fin de año del laburo. Una fiesta en un boliche reservado para la agencia donde trabajo.

Ese día casi no se trabajó, todos estábamos ahí, sólo para eso, para estar. Justificando el salario de 8 horas diarias, adoptado de un modelo que se va acercando cada vez más a ser obsoleto.
Por eso, para matar horas antes de la fiesta, decidimos ir a tomar algo. Un compañero cubano y yo fuimos al bar de la vuelta.
“Dos Palomas, por favor”, dijimos en español. El bar es mexicano y Paloma es un trago que está buenísimo.
El cubano entró hace poco, así que esta era nuestra primera charla no laboral.
“Qué juegazo el Resident Evil”, dijo. Me sorprendió.
“¿Tenías Playstation?”, pregunté.

El cubano vino a EE.UU. a los 20 y tantos años. Es cubano real, no hijo de. Estudió allá y luego vino al norte a seguir estudiando, siguiendo a su hermana que ya estaba acá.
“A mediados de los 2000 empezaron a entrar algunas consolas de videojuegos. Conocidos nuestros que vivían en Estados Unidos las llevaban”, respondió.

Entonces, lo empecé a tantear. Quería saber si era un recio anti-castrista, con el que preferiría seguir hablando de la Playstation o si era alguien más abierto a la conversación. Así fue.
Me contó cosas buenas y malas sobre la otrora Revolución, hoy Status Quo cubano.

Es de los pocos latinos de los que conocí acá que no viene de una familia de clase alta.
Lo que hace que algunos coincidan en ver a la Revolución como un proceso que funcionó o no, pienso, es la potencial clase social que cada cubano tendría en una Cuba capitalista. ¿Podrían tener alguna propiedad, irse de vacaciones y hasta elegir qué comer cada día? ¿o dormirían al lado de sus hermanos en una casilla que armó su padre que, al igual que ellos, tampoco pudo estudiar ni elegir el menú del día?

Además de dos Palomas encima y 27 dólares menos, me fui con bronca. ¿Qué hubiese pasado si los dejaban vivir con ese sistema económico diferente, sin bloqueo?

“¡Taxi!” Ahora sí, a la fiesta. La barra es libre y la comida, una mierda.

“¿Qué te pido?” me pregunta otro compañero.
“Cuba libre”. No entiende. “Ron con coca”, aclaro.

Tomo muchos. A las pocas horas, anuncian que la fiesta seguirá en un bar cercano.

No me la quiero perder. Me acerco a la nueva barra y, cuando estoy por pagar, me aclaran que ahí también la barra es libre.

Tomo todavía más.

Ese viernes 16 de diciembre me levanto un poco más tarde. Tengo que trabajar así que me baño y, al salir, compró un café y una medialuna de esas grandes. Me siento bastante bien.

Tomo el subte 2 y empiezo a degustar mi medialuna. Me detengo, algo no anda bien.
Dejo la medialuna en la bolsa y me propongo tomar el café. Me detengo, algo no anda bien.
Abandono la idea de llegar desayunado al trabajo, no va a pasar, ya no me siento tan bien.

El dolor de cabeza aumenta y tengo náuseas. Pienso que, si los movimientos que estoy sintiendo no están en mi cabeza, entonces el subte 2 va a descarrilar y será una tragedia.
Descarto esa opción, definitivamente es mi cabeza.

Tomo ibuprofeno y una pastilla contra las náuseas.
No hay asiento. Hace 20 minutos que estoy viajando, hace 10 que me tiemblan las piernas y todavía tengo 30 minutos por delante.
Respiro hondo.
La Bolsa del Desayuno pronto va a ser La Bolsa Vomitada del Desayuno.

Basta, tengo que dejar de pensar en eso.

“Abbondanzieri; Ibarra, Schiavi, Samuel, Arruabarrena; Battaglia, Gago, Basualdo; Riquelme; Guillermo y Palermo.” Pienso en un posible 11 ideal histórico de Boca, me ayuda a pensar en otra cosa.

Combinación al subte Q. Sigo respirando hondo, si no vomito.

Ya en el Q, me siento peor. Las piernas me siguen temblando pero ya estoy más cerca. Creo que voy a llegar a la oficina, probablemente vomite en el baño y, por como viene la mano, es lo mejor que me puede pasar.

Llego a mi estación, bien. No vomité en el subte. Voy a llegar al baño.

Salgo del subte, el aire frió me da una trompada a la carrera. Hay un resurgir de la medialuna, el café, el ron y lo que parece ser la mismísima Revolución Cubana. Siento cómo viajan desde el estómago hasta la garganta.

Hago unos pasos y los dejo salir, a los pies del mismísimo Flatiron.
Devuelvo todo lo que ingerí en las últimas 18 horas, en la hermosa estructura neoyorquina, en el corazón del capitalismo salvaje.
Ahora, no sólo el vómito, sino mis mocos y lágrimas descansan en la unión de la Avenida Broadway con la Avenida 5.

Me limpio la cara, tomo un poco de agua y cruzo la calle. A trabajar.

Peluquería

Odio ir a la peluquería. Menos por la cara de boludo que me queda al salir, que por el tener que conversar con el peluquero. El problema es mío, desde siempre.

De chico mi madre que me llevaba a lo de Daniel, un buen tipo del que no me acuerdo la cara pero sí de su TV 14 pulgadas en la que miraba Canal 9. Daniel siempre me cortaba con la máquina, me rapaba.

Cuando empecé a pre-adolescer, quise dejarme el pelo un poco más largo y me pareció que era tiempo de cambiar el barbero. Mi madre, entonces, me llevó a una peluquería por Caballito dividida de la siguiente manera: una amplia planta baja para el público femenino y arriba, en un entrepiso, trabajaba Pedro. La distancia entre el piso y el techo de aquel entrepiso era de 2 metros, lo que hacía que el metro-noventa de Pedro se viera algo caricaturesco. No sólo por la postura con la que tenía que estar parado, sino por cómo sudaba.

Lo que me gustaba de estar en el entrepiso, era que desde la calle no podían verme mientras me cortaban el pelo. Notaba que muchas peluquerías daban a la calle y eso significaba que no eran para mí. Me daba (me da) mucha vergüenza que alguien pase y me vea en esa situación. Mi madre insistía: “¿Quién te va a estar mirando?”. Pero así de soberbios y paranoicos somos los tímidos, siempre pensamos que alguien nos está observando.

Por ese lado, el caluroso entrepiso era perfecto. Nadie me podría ver ser, literalmente, cepillado por Pedro. Lo malo era que, luego de la primera visita, comencé a ir sin mi madre y ahí fue cuando empezó el calvario o, como dije antes, el tener que conversar con el peluquero.

Pedro, al igual que Daniel, era un buen tipo. Pero el trámite de tener que conversar durante la cortada de cabello, me parecía más que tedioso. Antes, era mi madre quien se encargaba de eso y lo hacía muy bien. Yo no.

Más entrado en la adolescencia, decidí que era, otra vez, momento de cambiar el fígaro. Esta vez le pregunté a mi padre. Sentí que debería ir a una peluquería más de hombrecito y, en lo posible, en la que peluquero tenga por lo menos diez centímetros de distancia entre su cerebro y el cielo raso.

Mi viejo me mandó a su peluquería: un local en Palermo en el que había tres profesionales del corte; Cacho, El Uruguayo y El Otro. La primera vez que fui, El Uruguayo y El Otro estaban ocupados, así que Cacho se encargó de mí. Costumbre que se mantendría hasta mi última visita. Siempre Cacho.

A Cacho también le gustaba hablar mucho. Me preguntaba por mis estudios, por mi trabajo, por el fútbol, por mi viejo. Me contaba de los distintos clientes, de su prima que vive en Denver, de su dieta, de sus vacaciones en Santa Teresita y de dónde iba a comer con su señora (así la llamaba él).

Cacho, al igual que Daniel y Pedro, era un buen tipo. Pero a mí no me divierte charlar con el peluquero. El problema es mío.

A las pocas semanas de mudarme a New York, debía elegir una peluquería. Por un tema de presupuesto, decidí ir a la peluquería más barata del barrio. Además de comprobar que la cara de boludo al salir de la peluquería tiene relación directa con el costo del corte (menor el precio, mayor la cara de bobina), verifiqué que la vocación del peluquero por hablar con el cliente es universal. En este caso, el barbero era Indio.

Desde que llegué hasta que me fui, El Indio estuvo intentando mantener una charla conmigo. Charla que era insostenible, principalmente, por el inglés de mierda que los dos manejábamos. El Indio, al igual que Daniel, Pedro y Cacho, era un buen tipo. Pero a mí no me divierte charlar con el peluquero. El problema es mío.

Hace unos días, decidí cambiar de peluquería. No tenía ganas de charlar con El Indio y necesitaba un corte urgente. Al ver un cartel de una peluquería que anunciaba precios tan baratos como los de El Indio, decidí entrar.

Había dos peluqueros de unos 60 años. Uno de ellos, teñido de negro, no sólo el pelo, sino también su hermoso y pasado de moda bigote. El otro, Gordo y Canoso. El Gordo y Canoso me hizo un gesto con su cabeza como para que me siente en la única butaca libre y se dedicó a cortar. De fondo, sonaba una canción: “Son rusos”, deduje. El cantante dijo una palabra que pude entender: “Mamá”; “Rusia también tiene su tango”, pensé.

El Gordo y Canoso le dijo algo en ruso a Bigote. Entendí que le había pedido que baje la música y encienda el televisor. Pusieron fútbol. Gordo y Canoso y Bigote se la pasaron hablando entre ellos, pero nunca me preguntaron por la escuela, ni por el trabajo, ni me contaron de sus primas ni de sus señoras.

El Gordo y Canoso me cortó sin siquiera preguntarme qué corte quería. Me cortó, hizo algunas interrupciones para hablar con Bigote, terminó de cortar, me dijo cuánto era y me fui.

Visita Médica

“¿Ya fuiste al médico que te toca los huevos?”, preguntó mi jefe.

“No, ¿qué médico?”, contesté.

Mi jefe es argento. Cuando tenía 20 años, escapó de la crisis. Siguió a su hermano que hacía poco tiempo que vivía en Puerto Rico.

El permiso para trabajar por un lapso indefinido en Estados Unidos (igualmente en Puerto Rico) tiene varias etapas, muchas son tediosas e invasivas. Una de ellas es la de visitar a un médico que se asegure que el foráneo no tenga enfermedades de transmisión sexual al momento de aplicar para obtener dicho permiso.

Otro requisito es tener un/a abogado/a. Ni bien conseguí una, le pregunté sobre aquel procedimiento, sin mencionar el manoseo genital.

“Sí, tenés que ver a uno de estos”, dijo, y me dio una lista de galenos “especializados en asuntos migratorios”: Evidentemente, la anatomía del expatriado es diferente a la de los nativos.

Elegí al especialista más cercano a mi oficina, así podría ir y trabajar ese mismo día sin problema. El elegido: Dr. Korsarov.

Al llegar a la dirección que la secretaria del doctor me había dado por teléfono, lo primero que pensé fue que hubo un malentendido. No había un consultorio médico ni un edificio de oficinas, sino un hotel. Entré y, sin esperanzas, pregunté por el Dr. Korsarov al negro de la recepción: “11 E, ascensor del fondo”, respondió.

Timbre…puerta…timbre otra vez, nada. Cuando iba a tocar la puerta por última vez, me abrió un señor en bata y pantuflas, con altas chances de haber estado desnudo cuando el primer timbre hubo sonado.

“¿Dr. Korsarov?”, pregunté mientras me alejaba, ya sabiendo la respuesta.

“Perdón, ¿Dr. Korsarov es 11 E?”, pregunté al negro otra vez.

“No, 11 D”, contestó.

Mientras subía en el ascensor, por segunda vez, me preguntaba si el amable hombre de color no estaría mofándose de mí. ¿Qué pasa si efectivamente hubo una confusión y la dirección no era esa? La tenencia legal de armas en los Estados Unidos, hace que una simple interrupción en un cuarto de hotel pueda ser mucho más peligrosa, debido a que la probabilidad de que el interrumpido tenga un arma de fuego debajo de su almohada es mucho más alta que en otras regiones.

¿Y si el recepcionista no estaba bromeando y el doctor “especializado en asuntos migratorios” estaba a 10 minutos de revisarme los genitales?

11 D, timbre. La secretaria abre la puerta: baja el riesgo de muerte por disparo en el abdomen, sube el riesgo de manoseo genital.

“Tomá asiento y llená este formulario”, dijo la secretaria.

Sí, el Dr. Korsarov desarrolla su actividad de manoseo de órganos sexuales foráneos en un cuarto de hotel. La secretaria y la sala de espera se ubican en el living de la habitación, mientras el Dr. atiende en la habitación.

“Salazar”, dijo Korsarov con acento marcado, y me hizo una seña para que pase a su consultorio.

“Tomá asiento”, propuso. Me ubiqué en la silla al lado de la cama.

Luego de las preguntas habituales (alergias, medicaciones, operaciones), me pidió que me saque la camisa y que extienda el brazo. Abrió uno de los cajones de la cómoda, sacó sus guantes descartables y una jeringa. Me vio nervioso.

“No soy muy bueno para esto”, dije mientras miraba hacia otro lado y cantaba una canción de Boca en mi cabeza (que es lo que hago cada vez que estoy asustado).

“Yo sí soy bueno para esto”, contestó.

No sé de dónde venía Korsarov, probablemente nacido en la ex Unión Soviética, su nacionalidad actual era una incógnita, pero su seguridad me dejó más tranquilo.

Luego del extracto de sangre, me pidió que me recueste en la cama. Me quería ir, pero necesitaba su firma. Me acosté en la cama y, mientras él me revisaba con su estetoscopio, le pregunté para cuándo estaría los resultados. “La semana que viene”, contestó. “Ya podés irte, el lunes vení a buscar los resultados”, dijo.

Listo, Korsarov no iba a constatar el peso ni la contextura de mis bolas, y eso me puso muy contento.

Lunes, saludo al afroamericano de la entrada y voy al ascensor del fondo, 11 D.

Timbre…puerta…timbre otra vez. Una señora abre la puerta. Detrás de ella hay una aspiradora, y sábanas blancas en el piso.

Era muy claro lo que había pasado: la abogada, el “““Dr.””” Korsarov y el hijo de puta del negro de la recepción trabajaban juntos. Vaya a saber qué me puso el ruso ese en el brazo, probablemente algo que se puede quitar sólo si le pago una cantidad obscena de dinero.

Me agarraron, ya está, ¿cómo voy a ir un médico ruso en un hotel?

Me lo merezco, me la hicieron bien.

Otra vez sin esperanzas, le pregunto a la señora de limpieza, en español, si sabe qué pasó con el Dr. Korsarov.

“Hay un Dr. que trabaja en el hotel pero cambia de habitación cada día, tienes que preguntar en la recepción dónde está hoy”.

Bajo el ascensor; “4to C”, dice el recepcionista.

La secretaria me da los resultados, le agradezco a ella, a Korsarov, al recepcionista al salir y le mando un “gracias” por correo electrónico a la abogada.

Nadie me puso nada raro en el brazo, no tuve que esquivar balazos y, lo mejor, no me tocaron los huevos.

La Fotosíntesis

Se me fue la vida. Esta mañana me di cuenta. Bah, fue esta madrugada. Después de tres noches de insomnio me vengo a dar cuenta. Quizás, si me avivaba de esto hace 48 horas, ahora estaría más descansado. Igual, ahora que lo pienso bien, el insomnio, en mi caso, es siempre lo mismo: tengo que terminar un trabajo para este viernes, un trabajo que todavía no arranqué, por eso me cuesta dormir, la culpa de no arrancar no me deja dormir y, por no dormir, no puedo arrancar este maldito trabajo al día siguiente. Tengo tanto sueño que no puedo ni cerrar los ojos. Encima no puedo tomar café, me lo tienen prohibido. Lo que sí tomo a veces es Coca-Cola, que tiene cafeína, lo sé, pero esa no me la prohibieron.

Tarde o temprano voy a morir. Me acabo de avivar. Pocos días atrás, casi que no tenía idea. Fútbol 3 veces por semana, unas horas de videojuegos después de cenar, visitar a algún amigo y claro, el amor, que, para mí, se llama Margarita. ¿Qué voy a pensar en lo que me queda de vida si no puedo sacarme a Margarita de la cabeza? Era perfecto, era en lo único en lo que pensaba. ¿Para qué más? Hasta hace casi nada mi mundo era eso, pasarla bien y estar enamorado. La inmortalidad.

“Margarita es más grande que vos, a las mujeres no les gusta ser más grandes”, me dijo el pelotudo de Esteban. Ojo, a Esteban le digo pelotudo pero es mi amigo. Es con el que juego al Mortal Kombat. Lo quiero mucho, pero eso no quita que sea un pelotudo. ¿Qué me importa que ella sea más grande?

Pensaba todo el día en Margarita. Que cómo estará vestida al día siguiente, que cuál será la primer palabra que diga, que cómo me saludará por la mañana. A veces me dice Fran, como mis amigos. Con eso me alcanza, mejor dicho, me alcanzaba. ¿Qué se me iba a cruzar por la cabeza a mí el hecho de empezar a reconocerme como un ser finito, si Margarita me dijo “Hola Fran”?

Eso fue hasta esta madrugada, cuando me di cuenta que se me fue la vida. Y lo peor es que la vida se me fue boludeando, no es que hice grandes cosas. Soy un tipo rutinario, hice algunos amigos, sí, tengo una linda familia, pero no mucho más. Todos estos años me la pasé boludeando y ahora me vengo a dar cuenta que todo esto se termina. Ya está, ¿cuánto queda? Unos años y listo, se me fue la vida ¿me entendés? Y todo por este trabajo de mierda que tengo que empezar y que no me deja dormir. Porque estas cosas se piensan cuando no podés dormir. O pensar estas cosas son las que no te dejan dormir, que para mi caso es lo mismo (digo “estas cosas” porque decirle “muerte” hace que me transpire la espalda y es horrible cuando te transpira la espalda).

Lo paradójico es que la misma que me tenía enamorado, fue la que me sirvió esta especie de cicuta neurótica.

“Para el viernes que viene, tienen que entregar el trabajo práctico sobre la fotosíntesis”, dijo Margarita a las 8 de la mañana. Hace 60 horas que dejé de ser inmortal. Porque así fue, justo después de dicho aquello, sabía que no iba a empezar a hacer nada relacionado con esta cagada monumental que ni para ser mierda sirve, también conocida como “la fotosíntesis”. Y así como sabía que no iba a empezar, también advertía que la culpa que sentiría por no empezar no me dejaría dormir y así sigue todo.

Al final, creo que el pelotudo de Esteban tiene razón. Margarita tiene casi 30 años y yo apenas tengo 10. Además, no me queda tiempo para ponerme a pensar en cómo me va a saludar Margarita. Seamos sinceros, ya casi no me queda tiempo para nada.

Tengo que terminar el trabajo. Necesito café. Le voy a pedir permiso a mamá, sólo por esta vez.

Rocus Group

“¿Pero qué tengo que hacer?”, pregunté. “Nada, venite a dormir a casa y vamos mañana temprano, antes de jugar”, me contestó mi amigo.

El plan era el habitual: iríamos al bar de siempre, dormiríamos en su casa y, al día siguiente (sábado), jugaríamos un partido del torneo barrial en el que participábamos. Qué lejos quedaron esos años. No fue hace tanto, pero todavía podíamos salir, dormir nada e ir a jugar.

“No necesitamos más de tres horas. Los ciclos del sueño duran eso, así que es lo mismo dormir 3 o 5:55 horas”, me dijo mi amigo por teléfono. Nunca le creí. Me parecía uno de esos estudios científicos incomprobables, publicados en alguna revista dominical. La razón no importaba, era verdad que el cuerpo todavía nos permitía hacerlo. Tres horas eran más que suficientes.

Bar, dormir poco y jugar eran la rutina. Pero ese sábado habría algo diferente. Antes del partido, bien temprano (o bien tarde, depende), iríamos a “hacer guita fácil”, según mi amigo. Una marca de perfumería estaba realizando pruebas de calidad. Buscaban hombres para testear la eficacia de un nuevo antitranspirante. Pedían presentarse sábado por la mañana, dar algunos datos personales, dejarse colocar el desodorante por el personal especializado y volver en 24 horas para oler el resultado.

Eran las 8:30 de la mañana y nosotros estábamos listos, esperando ser sometidos al procedimiento. Después de llenar una planilla con nuestros datos, nos hicieron pasar a un cuarto donde estaban las especialistas: tres señoras sexagenarias, morochas de nacimiento y rubias de mala tintura, con muy buen humor y una gran vocación para con su trabajo: olfatear sobacos.

Mientras las señoras debatían sobre los olores provenientes de la axila de Omar (el cincuentón que entró antes que nosotros), una de ellas nos pidió que nos sacásemos las remeras. El “trabajo” propuesto por mi amigo ya no me entusiasmaba tanto. Siempre fui pudoroso. Busqué a mi amigo para ver si él todavía seguía convencido y, evidentemente, lo estaba: su remera estaba en el piso y su brazo apuntando al cielo raso, ofreciendo su sobaquera.

Hice lo mismo. Las señoras husmearon nuestras axilas y anotaron algo en sus planillas que, de tener buen olfato, debe haber sido: “Tres fernets y una copa de champagne”.

Luego del primer olisqueo sobaqueril, las señoras nos repasaron las axilas con el producto y nos dijeron que no podríamos tomar alcohol ni bañarnos por las próximas 24 horas. Miré a mi amigo, pensé que diría algo sobre nuestro compromiso deportivo. No fue así. Las profesionales nos preguntaron si sería posible, a lo que él respondió con un “sí” que nos convenció a todos.

A salir le dije que no iba a funcionar, que yo después del partido me bañaría y a la noche saldría. “No pasa nada, hace 2 semanas hice uno con un shampoo que nunca usé y me garparon lo más bien”, me retrucó.

Y así fue. Después de la colocación del desodorante, nos fuimos a jugar nuestro partido. Cuando llegué a casa fui directo a ducharme, aunque lo hice con culpa, sí, les estaba robando guita. Me bañé pero evité el enjabonamiento axilar. Me hacía sentir bien saber que no había mentido tanto al haber dicho que no me bañaría. Luego de una siesta, otra vez estábamos en el bar tomando algo, probablemente más que la noche anterior por no haber tal compromiso futbolero a la mañana siguiente.

El reloj marcaba las 8:00 del domingo y mi cuerpo apestaba champagne clase B. Cuando llegué, mi amigo ya estaba ahí. Olía peor que yo, pero se lo notaba más seguro de que todo terminaría bien.

Otra vez, tenía razón. No sé qué conclusiones habrán obtenido las expertas después de aquél inspeccionamiento, pero de lo que estoy seguro es de que nos pagaron lo prometido.

“¿Viste, boludo?”, me preguntó retóricamente mi amigo.

Lo que pasó acá fue diferente. Fue casi igual, pero diferente. La idea era la misma, sólo algunos cambios. Una empresa de comidas congeladas buscaba latinos para saber cuánto habían consumido sus productos en los últimos meses y cuán dispuestos estarían a comprarlos en un futuro. Nunca comí ni, probablemente, tampoco comeré esos congelados, pero la mujer que me llamó me dijo que no era necesario. Me dijo lo que debería decir y, además, prometió una buena plata.

Cuando llegué a aquel lujoso edificio en el microcentro de Manhattan, el tipo de seguridad me pidió identificación y motivo de la “visita”. “Focus Group”, le dije. Me pidió que le firmara una hoja y me dijo que la firmaría también al salir.

Llegué al piso 38 en 18 segundos (siempre cuento cuánto tardan los viajes en ascensores). Me dolieron los oídos por la velocidad del ascensor. Me hicieron esperar en una recepción. Habían unos sánguches y latas de gaseosas. Preferí agua, pero me guardé una lata de Coca en la mochila. Mientras comía, repasaba las mentiras que debía decir. Después de 15 minutos me dijeron que me podía ir, que había reclutado más gente de la que necesitaban por si alguien no se presentaba, pero que todo estaba en orden. Me pagaron por las 2 horas por las que me contrataron. Equivalentes a 6 horas de mi trabajo regular.

Me fui contento: no tuve que mentir, ni sacarme la remera, ni evitar la ducha, ni ofrecer libremente mis sobacos a una señora y, además, sentí que, de alguna forma, garqué un poco a estos gringos.

“¿Por qué asunto vino?”, me preguntó el de seguridad al salir. “A ‘rrocu’, a Rocus Group“, le dije. “A what?”, preguntó; “A Focus Group”.

…Continuará.

Kurva Mat

Siempre me gustaron las malas palabras. Creo que suelen ser determinantes en el discurso. Casi nunca están de paso. Decirlas o no hacerlo cambia el sentido de una idea. La cantidad y calidad de malas palabras que emplea una persona habla mucho de cómo es. Una mala palabra puede contarnos sobre, entre otras cosas, clases sociales, edades, gustos, regiones.

Me acuerdo bastante bien de mis primeros acercamientos hacia las malas palabras. Fue de muy chico, de la manera clásica. Fue en la cancha. Fue en ese lugar donde las escaleras tenían (y tienen) ese inconfundible olor a orín, donde llevábamos papelitos cortados, donde íbamos a ver al Diego y donde, según mi viejo, estaba permitido decir malas palabras. No en la mesa, No en lo de los abuelos, era ahí donde Sí. Había que decir todas esas palabras que, para mí, carecían de significado, una tras otra y, muchas veces, en forma de cántico. Era muy parecido al momento de entonación de las canciones patrias en el colegio, donde también cantaba sin entender bien lo que decía pero, por alguna razón, en la cancha era tanto más divertido.

Hasta que, pocos años después, alguien me abrió los ojos.

En una de esas tardes en el club, jugando a la pelota, insulté a un chico. Uno de esos que no era amigo pero que a veces aparecía. Luego del insulto, a diferencia de lo que pasaba en la cancha, recibí una devolución: “¿Qué dijiste de mi mamá? decímelo otra vez, a ver”, dijo aquél, con un tono poco amistoso. Y fue ahí cuando entendí que, esas malas palabras, significaban. No sólo eran un código utilizado los domingos para ahuyentar a aquellos que querían robarle la pelota al Diego, no, esas palabras iban “más allá”, todas ellas.Madres, orientaciones sexuales, genitales. Todas hablaban de algo, a veces metafóricamente, pero lo hacían, ninguna era mera fonética.

Qué tristeza ¿Cómo decir todo eso que quería sin “insultar”? No podía, no había manera. Hasta que, hoy, algo cambió. Y, otra vez, con el fútbol mediante.

Hace unos días, cuando entré en la página de internet del equipo, hice algo que nunca había hecho: “¿Quiere traducir este sitio?”. “Si”, tuve que seleccionar. Era imposible no hacerlo. Toda la página estaba en polaco (así dijo la computadora, yo sólo veía letras raras). Evidentemente, el equipo al cual iría a probarme al día siguiente, era un equipo de polacos.

Decidí ir con tiempo a la cancha donde entrenaríamos, ya había pasado por el lugar y siempre había mucha gente corriendo o jugando. No hizo falta. En uno de los costados de la cancha estaban cambiándose unos seis tipos, de los cuales cuatro eran muy del estilo Ivan Drago. Eran ellos. Mientras esperábamos nuestro turno para usar la cancha, los Ivan Drago Boys (que ya eran más) hablaban entre ellos, en polaco. Yo sólo escuchaba, no estoy como para enfrentarme a ese idioma aún, por lo menos no mientras siga peleando con este inglés, que todavía me emboca algunas trompadas.

Más tarde algo entendí, no el significado literal, pero entendí. Entendí bien. Fue, ya jugando, cuando el delantero al que marcaba remató y la pelota se fue afuera, muy afuera. “¡Kurva mat!”, dijo el blondo. “¿Kurva mat? suena hermoso”, pensé. “KuRRva”, le dijo el centrodelantero, reclamando el centro que no llegó. Los polacos hablaban, gritaban, como en cualquier partido, pero yo sólo identificaba una palabra, una que no paraban de repetir: “Kurva”. Casi siempre decían “Kurva”, a veces “Kurva Mat”. La usaban para insultar, también para intercalar entre frases, fuera del partido, antes o después de la risas, siempre se escucha un “KuRRva”, así, con la R bien fuerte.

No sé lo que significa, ni sé si así es como escribe, tampoco quiero saberlo.

Ya tengo, otra vez, mi mala palabra, la que no insulta, la que no significa, una que tiene mucho menos de mala que de palabra.

“Que te pan con queso”, decía mi abuelo…me quedo con mi kurva mat.

Me voy a la B

Me voy a la B porque, hace muy poquito, allá es donde vivía y hoy tengo que volver. Vengo de la B, también, porque, a veces, es allá donde trabajo

Cuanto más cerca de la A se está, más cool es todo. Los barrios de la B más cercanos a la A, fueron “conquistados” por este último. Fueron “Palermizados”, conquistados por tipos con anteojos de marco grande, vestidos con bermudas cortas y medias largas, montados en sus bicicletas y plantando sus restaurantes donde los platos son tres veces más grandes que las porciones.

Donde mejor se ve la transición entre la A y la B es en el subte.

Un subte, en la A, puede tener hasta seis razas distintas por cada fila de asientos. Un subte que se va a la B, a la B profunda, no a aquella Palermitana, no la B de un Independiente – Huracán, no, hablo de la B real, la de un Almirante Brown – Nueva Chicago un martes por la tarde en Isidro Casanova. Esa B tiene una raza claramente predominante: los grones (ver grones en el primer posteo). A medida que se cruza el puente que une la A con la B, los grones son los únicos que no bajan, que no desisten, son todo lo contrario, son los que siguen subiendo.

El subte de la A anuncia sus paradas mediante carteles luminosos. El subte de la B no. Sólo un mapa de las más de 15 líneas de subte permite guiarse. Aparentemente los grones son mucho mejores lectores de mapas, por lo que no parecen necesarios los carteles anunciando “the next stop is…”.

En el subte de la A, una grabación en la que un tipo con voz de presentador de peleas del Madison Square Garden, un ganador, con un tono claro y algo parecido a la soberbia, anuncia “stand clear of the closing doors, please”. En el subte de la B, no existe tal grabación. El trabajo lo hace un tipo alienado, desganado, ganado por la vida, ganado. El pedido es el mismo, sólo que en la B siempre termina antes. En cada estación, el hombre, vencido, anuncia algo que suena como “stand clear of the mbcmna knnmas, akdsn”.

En los subtes de la A hay, entre otras cosas, arte, turistas, selfies, familias tipo. En el subte de la B hay…variedad: ex soldados que se rascan mucho los brazos, cantantes que hacen lo que pueden, chiquitos que hacen que cantan, ciegos, locos, muchos locos. Buscas, con B.

Me gusta conocer la B. Sería hipócrita decir que es más linda que la A, no lo es. Podría sonar cool decir que tiene ese “no se qué” o que me encanta irme a la B cada día porque “tiene su onda”. Sería una mentira. La A casi siempre le gana. Pero la B existe y me gusta jugar acá, por lo menos para saber de qué se trata.

Ya llegué. De B a B. Del Bronx a Brooklyn.

La Innombrable

¿Cómo justificarse? ¿Qué le voy a decir a mis amigos, a mis primos, a mi abuelo? ¿Qué le voy a decir a mi viejo? Fue él quien me dejó este vicio, el de convocar a ElInnombrable.

El Innombrable “nació”, décadas atrás, como una aparición. Era ese personaje que nadie quería tener cerca. En especial cuando de un evento deportivo se trataba. Con sólo pasar cerca del lugar en donde el local estaba jugando, su maldición se hacía presente y, con ella, el resultado adverso para el equipo, era inevitable.

Años después, El Innombrable, ya sin aparecer, pasó a ser convocado por algunos, para la desgracia deportiva de otros.

Convocar a El Innombrable no es cosa de todos los días. “Te puede hacer mal si lo hacés mucho”, aseguraba mi viejo antes de la tanda de penales contra Inglaterra en Francia 98.

El Innombrable debe ser invocado sí, y sólo sí, la situación lo amerita y siempre y cuando no haya punto de retorno. Es decir, sólo será requerido en situaciones límite, como son los penales. La Pena Máxima. ¿Quién sentenció a los penales de esa forma?Siempre me lo pregunté. La Pena Máxima. ¿De qué pena hablarán? Cuando tenés de tu lado a ElInnombrable los penales no suenan a pena, más bien todo lo contrario.

En Brasil contra el Palmeiras, en casa contra los mejicanos, en Japón contra el Milan. Con sólo invocar su nombre tu suerte puede cambiar, el problema es cómo hacerlo, si se hace bien, todos contentos, pero si no: “Te puede hacer mal”. Y eso fue lo que pasó. Algunos culparán la impericia de nuestros delanteros, otros acusarán cansancio, distracciones defensivas, lo que sea. La realidad es que yo tuve la culpa. El miedo me venció y mis deseos de ganar esos penales contra Holanda, me hicieron mencionar a El Innombrable, no una, sino dos veces. El primer penal no me pareció suficiente, necesitábamos otra atajada de Romero. Si, ahora sí, ahora es fácil decir que “con uno ya estábamos”. Pero los quiero ver ahí, en ese bar, con esos holandeses gritando cada jugada, con esos dos gringos a los que sólo le importaban dos cosas: sus patitas de pollo fritas con ketchup y que Argentina pierda. Quizás tenían plata en ese partido, no lo sé, pero era claro que estaban con los de camiseta naranja. Ahí es donde tuve que ver el partido. Yo solo, contra ellos. Hasta los penales, porque ahí me sabía acompañado. El Innombrable iba a estar conmigo. Lo tuve que aprovechar. No quise dejarlo al azar. Preferí asegurarme dos penales. Y lo pagué muy caro.
El Innombrable no pertenece a una cábala, no hay que confundirse. Las cábalas son algo así como un ritual o un elemento que permite que, el que está viendo el partido desde afuera, pueda “participar” del mismo, disminuyendo, así, la angustia que provoca no tener control sobre el desarrollo del juego. Es entonces cuando la gente repite los lugares para ver el partido, come las mismas porquerías, se pone la misma ropa interior durante un mes y hasta encierra gente en el baño, muchas veces con el consentimiento de éstos mismos, creyendo que realmente todo aquello influirá en el partido. Cada uno es libre de manejar su angustia como quiera o pueda. A mí las cábalas me tienen sin cuidado. Yo “jugaba” con la ventaja de saber que, en caso de aguantar hasta los penales, El Innombrable estaría de nuestro lado, otra vez. A menos que, claro, pase lo que finalmente pasó.

Luego de más de cien minutos de partido, de desperdiciar tres o cuatro situaciones claras de gol, pasó lo peor que puede pasar cuando faltan diez minutos para el final: sonó el timbre. ¿Quién es? ¿Quién puede ser tan mal nacido para tocar un timbre durante una final del mundo? Sí, sólo Él puede hacer eso. Lo supe en ese momento. Nombrar dos veces a El Innombrable iba a asegurarnos la victoria, pero con un costo.

El Innombrable entró a la casa, con su mejor disfraz, haciéndose pasar por vieja chismosa de barrio, que viene a ver cómo el argentino salvaje vive su ritual, ese que repite cada cuatro años. Se acercó, amablemente, preguntó cómo estaba. No respondí. No le devolví las sonrisas. No le mentí. Sabía lo que vendría, lo que vino, la derrota.

La vieja llegó, trajo el gol teutón y se fue igual a como vino, alegremente. Después del partido, después de vomitar angustia, decidí saber su nombre. Lo pedí por escrito. Esta vez usé mal a El Innombrable. Lo sé. ¿Lo volveré a usar? No lo sé, pero si lo hago, será sólo una vez y, esta vez, será con nombre de mujer.